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Redacción / esteesMichoacan.com | Morelia, Michoacán:
El ayuno intermitente no solo ayuda a perder peso. Una reciente investigación internacional descubrió que esta práctica alimentaria también genera cambios significativos en el cerebro y en las bacterias que habitan el intestino, lo que podría explicar parte de sus beneficios para la salud.
El estudio, coordinado por especialistas del Instituto de Gestión de la Salud del Hospital General de la PLA, en Pekín, encontró que el ayuno intermitente modifica regiones cerebrales relacionadas con el hambre, el autocontrol y las conductas adictivas, al mismo tiempo que transforma el microbioma intestinal. Los resultados fueron publicados en la revista científica Frontiers in Cellular and Infection Microbiology.
Esta estrategia alimentaria consiste en alternar periodos de comida con periodos de ayuno. Entre las modalidades más populares destacan el método 16/8, que contempla 16 horas sin consumir alimentos y una ventana de ocho horas para comer; el 14/10; y el esquema 5/2, que limita considerablemente la ingesta calórica durante dos días a la semana.
A diferencia de otras dietas, el enfoque principal del ayuno intermitente no está en qué se come, sino en cuándo se come.
Para realizar la investigación, los científicos analizaron a 25 personas con obesidad mediante resonancias magnéticas funcionales y estudios del microbioma intestinal.
Los resultados mostraron modificaciones en áreas cerebrales vinculadas con el apetito, la recompensa y el comportamiento compulsivo. Los especialistas observaron una disminución de la actividad en regiones asociadas con el hambre constante y los impulsos relacionados con la alimentación, lo que podría favorecer un mayor control sobre los hábitos alimenticios.
Además de los cambios cerebrales, el estudio detectó una transformación importante en las bacterias intestinales.
Los participantes registraron un aumento de microorganismos considerados beneficiosos para la salud, como Faecalibacterium prausnitzii y Parabacteroides distasonis, mientras que disminuyó la presencia de Escherichia coli.
Los investigadores consideran que estas modificaciones podrían contribuir a mejorar el metabolismo y facilitar el mantenimiento de hábitos alimenticios más saludables.
El programa se desarrolló en dos etapas: una fase inicial de 32 días con supervisión estricta y una segunda de 30 días con una restricción calórica más flexible.
Al finalizar el estudio, los participantes perdieron en promedio 7.6 kilogramos, equivalente a cerca del 7.8 por ciento de su peso corporal inicial.
Además, presentaron mejoras en indicadores clave de salud, como reducción de la presión arterial, mejores niveles de glucosa en ayunas y disminución del colesterol total. También se observaron avances en algunos marcadores relacionados con la función hepática.
Los expertos explican que el cerebro y el intestino mantienen una comunicación constante a través del llamado "eje intestino-cerebro". Las bacterias intestinales producen sustancias capaces de influir en el estado de ánimo, la ansiedad, la sensación de hambre y la motivación para comer.
A su vez, el cerebro regula conductas alimentarias que impactan directamente en la composición del microbioma, creando una relación bidireccional que podría ser clave en los procesos de pérdida de peso.
Aunque los resultados son alentadores, los científicos señalan que aún es necesario profundizar en la investigación para identificar qué bacterias desempeñan un papel más importante y cómo se mantienen estos efectos a largo plazo.
Los hallazgos abren la puerta al desarrollo de nuevas estrategias para combatir la obesidad, enfocadas no solo en la alimentación, sino también en la compleja relación entre el cerebro y la salud intestinal.