Jessica quería una relación formal, la respuesta...
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Redacción / esteesMichoacan.com | Morelia, Michoacán:
El profesor de Historia y académico Federico Lorenz cuenta una experiencia familiar muy particular que revela las dificultades con las que se encuentran quienes transitan por el sistema de salud y sus enormes obstáculos
Un día te encontrás con la novedad de que un ser querido se descubrió un bulto que antes no tenía en el cuerpo.
Con los tiempos habituales de una obra social, sacás un turno para despejar cualquier duda. Al principio funciona de esta manera: "esto no nos va a pasar a nosotros. Ella no va a tener nada". Pero no es así. El diagnóstico, al fin, es el de un tumor maligno.
Entonces comienza el mundo de la enfermedad y su tratamiento, de los opinadores profesionales, de los bienintencionados molestos. La sensación, pesada como una losa, de que todo está hecho para que la necesaria tranquilidad –"que es la mitad del tratamiento", como también te explican- sea un bien escaso y casi inexistente. De repente, la amenaza del cáncer pone en evidencia la indiferencia e inhumanización de un sistema de salud que en teoría debe proteger, atender y contener. Deshumanización disfrazada de "virtualidad" y "eficiencia".
El paciente debe someterse a infinidad de estudios, una operación y un tratamiento, lo que es lógico. Pero para llegar a esas instancias curativas o preventivas tiene, con anterioridad, que superar una verdadera carrera de obstáculos.
Enfermarse no es solamente tener una afección más o menos riesgosa, que hay que extirparse y tratarse, sino atravesar una ciénaga de trabas y complicaciones que recuerdan la muerte de Artax, el blanco caballo de Atreyu que se dejó morir de pena en los Pantanos de la Tristeza, en uno de los momentos más intensos de La historia sin fin.
Es verano y algunos de los estudios necesarios para el diagnóstico definitivo requieren "autorización". Vivimos en el Conurbano pero debemos acercarnos al centro para hacer ese trámite. Allí nos informan que –afortunadamente, creemos en ese momento- alcanza con fotografiar la orden y enviarla por mail para que se inicie el trámite.
Lo hacemos en la siguiente ocasión, pero la administración nunca acusa recibo, ni informa si el estudio fue autorizado o no, por lo que el día anterior al estudio (que implica ayuno, ingesta de remedios) hay que acercarse a Capital Federal, ya que no sabemos si llegado el momento harán el estudio o no. "Ah, sí. Estaba autorizado", nos informan. "¿No pueden avisar?", pregunto. "No es el procedimiento".
La enfermedad obliga no solo a aprender cantidad de palabras y conceptos: "carcinoma", "ganglio centinela", "índice Ki", o evaluar cómo dar la noticia a les hijes, sino también a tolerar un destrato que demuele la mejor de las voluntades. El problema de salud real se mezcla, cuando aún la familia no ha aprendido del todo a jerarquizar y acomodarse a la nueva situación, con lo que supuestamente son "beneficios" para los afiliados.
Los turnos se pueden sacar online. ¿Todos? No. Pero eso sólo se descubre luego de navegar a través de páginas y más páginas de internet desarrolladas para facilitar la tarea. La posibilidad de reservar turnos, como en el Cyber Monday, es limitada.
Para obtener uno para dentro de "X días" para "H especialista", hay que esperar a determinada hora de un viernes, que es cuando el sistema "abre la semana". Por teléfono informan que, no obstante, el turno se puede reservar personalmente.
Para estar tranquilos, bajo el sol rajante de febrero, peregrinamos a hacer una cola de cuarenta y cinco minutos, promedio, para que una administrativa fastidiada (le toca trabajar de cara de la prestadora) nos informe que "a ella el sistema tampoco le habilita la semana". "Pero le puedo dar un sobreturno", lo que rápidamente aprenderemos a traducir como "será una amansadora".